La primera vez que Marina Soler vio el cuerpo no era un cuerpo. Era una línea oscura, demasiado recta para ser alga, demasiado quieta para ser madera. El Atlántico de Rocktown devuelve cosas con la puntualidad de un funcionario: zapatos de un solo pie, redes, una vez un piano vertical hinchado de sal. Nunca personas. Hasta esa madrugada de octubre.
Marina trabaja para el observatorio de mareas de UNIVERsCITY, que es un modo elegante de decir que pasa las noches midiendo lo que el agua se lleva y lo que el agua trae. Tiene treinta y cuatro años y una cicatriz en la rodilla de cuando, niña, corrió hacia el muelle y el muelle no estaba. El mar, en esta ciudad, enseña pronto.
El cuerpo —cuando se acercó y dejó de ser línea— era el de un hombre de traje oscuro, sin zapatos, con un frasco de perfume vacío apretado en la mano izquierda. La etiqueta decía SCENTS, Fórmula 19. Marina no llamó primero a la policía. Llamó a Noor.
El resto se abre al pagar. La muestra de audio es gratis.


