Las sirenas del parque no cantan. Escuchan. Jin-woo lo descubrió la noche en que el ensayo de Sofía atravesó los tilos y el agua de la fuente cambió de dirección.
Llegó a Rocktown por un contrato de invernaderos y se quedó porque las sirenas —dos figuras de concreto, una con la boca abierta, otra con la boca cerrada— le parecieron el único par honesto de la ciudad. Las riega aunque no tengan sed. Les habla en coreano, que es su modo de no ser oído por los que pasan.
El parque cierra a medianoche y él no. Recorre los setos con una linterna tibia y anota lo que crece donde no debería: salicornia entre los tilos, una guitarra de hiedra sobre el muro que da a la universidad. Elías, a veces, deja planos enrollados en el banco de la fuente, como ofrendas.
El resto se abre al pagar. La muestra de audio es gratis.


